Donde termina el verano - Elma Correa

 


Hay libros que te enseñan un mundo que desconocías.

Y hay otros que te devuelven a uno que ya habías vivido.

Eso fue Donde termina el verano para mí.

Aunque nací en Ciudad Obregón y no crecí en una ciudad fronteriza, sí crecí en un estado fronterizo. Conocí Estados Unidos a los trece años y pasé varios veranos en el Valle de Mexicali y San Luis Rio Colorado durante mi adolescencia. Esa cercanía hizo que muchas escenas del libro no me sorprendieran; me resultaran familiares.

Las protagonistas crecieron en los años noventa.

Yo también.

Escuchábamos la misma música.

Las Spice Girls formaban parte del paisaje de nuestra infancia, aunque cada una las descubriera en momentos distintos.

También reconocí esa dinámica de los barrios donde todos saben quién eres, quiénes son tus papás y qué ocurre en la casa de al lado.

Reconocí a las tías.

A las iglesias cristianas que llegaban con ropa usada, juguetes o artículos donados desde Estados Unidos.

Reconocí a las familias que hacían enormes esfuerzos para que alguien estudiara fuera de casa.

Y reconocí esa forma tan particular en que maduran muchos niños y adolescentes que crecen cerca de la frontera.

No porque sean diferentes.

Sino porque viven expuestos, desde muy pequeños, a dos países, dos economías y dos maneras distintas de entender el mundo.

Mi impresión, creciendo en Sonora y conviviendo con familias de la frontera, siempre fue que muchos niños parecían crecer más rápido. Tal vez por la cercanía con Estados Unidos, por las dinámicas familiares o por el contexto en el que vivían. Al leer esta novela sentí que esa percepción aparecía reflejada en sus personajes.

Por eso Donde termina el verano no se sintió como una historia sobre una realidad ajena. Se sintió como reconocer códigos que ya conocía: la música, las colonias, las familias, la cercanía con Estados Unidos, las diferencias económicas que conviven dentro de una misma comunidad y esa infancia noventera en el norte de México.

Tal vez por eso avancé tan rápido entre sus páginas. Elma Correa no tuvo que explicarme demasiado ese mundo; yo ya tenía referencias para habitarlo.

No viví la historia de sus protagonistas, pero sí reconocí el escenario emocional y cultural en el que crecieron.

Y quizá eso fue lo que más me gustó de esta novela: no sentí que estuviera descubriendo un lugar nuevo. Sentí que estaba regresando a uno que, de alguna manera, también había sido mío.



Con amor,

V

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